“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo
aprendo.”
Benjamin Franklin
Parece que al hablar de la situación de la educación en
nuestro país casi todos coinciden en el diagnóstico. El sistema tradicional no ha conseguido los resultados que cabía esperar, y
la caprichosa sociedad mientras tanto ha seguido cambiando en su forma de
entender el mundo y comunicarse. Los informes PISA no han hecho más que ahondar
en una realidad que ya habían denunciado educadores y familias. Los factores
que han llevado a esta situación son muchos: una tradición educativa
basada en el saber teórico, el carácter propedéutico y selectivo de la
enseñanza (A. Zabala i L. Arnau, 2007), una sucesión de leyes que han llevado
al desconcierto y la inestabilidad, un mercado laboral que distinguía entre
profesionales y “obreros”. En definitiva, una educación para unas dinámicas que difícilmente se
reproducen en la sociedad actual, mucho más acostumbrada a los cambios, expuesta
a muchísima más información y con unas particularidades muy distintas que
exigen al sistema educativo, por ejemplo, que atienda la diversidad que existe
en el aula.
Pero, ¿cuál es la solución? Imagino que ninguna solución es
milagrosa, pero si fijamos el objetivo en cuál debe ser hoy la finalidad de la
enseñanza, estaremos dando pasos en la buena dirección. Como apunta Zabala en
su libro “11 Ideas Clave. Cómo aprender y enseñar competencias”, la finalidad
de la educación hoy pasa por educar en las competencias del alumno. Competencias
orientadas a que el alumno adquiera los conocimientos académicos de un modo más
funcional, a que desarrolle también otras habilidades que le puedan servir en
su vida laboral y personal (como la capacidad de trabajar en equipo, ser
proactivos, tener capacidad reflexiva, etc.) y, en última instancia, que
contribuyan a una educación integral del alumno.
Aunque estoy segura de que ya hemos hecho parte del camino,
seguro que queda mucho por avanzar. Recuerdo hace unos años, en una
conversación con amigos de mi año Erasmus, dos de ellos preparaban las
oposiciones al cuerpo diplomático; uno era canadiense y la otra chica, española. El chico canadiense nos explicó que en su examen, después de una
primera prueba teórica con poco peso en la nota final, seguía una prueba de
simulación que suponía un gran porcentaje de la nota final. En esa prueba
debían trabajar en equipo y se les asignaban unos roles para que resolvieran
una situación de conflicto internacional real. Para ello, obviamente, debían
conocer todas las leyes del Derecho Internacional y los Derechos Humanos, pero
también debían demostrar que podían hacer frente a aquella situación según el
papel que les tocaba desempeñar y tomar decisiones acertadas en condiciones difíciles. Recuerdo que mi
amiga española, que llevaba años estudiando para sus oposiciones y que había
tenido que acabar antes dos carreras y no sé cuántas cosas más no podía
creerlo.
¿Y por qué cuento esa anécdota? Porque creo que el objetivo
de la “nueva” educación es precisamente capacitar para la vida (cualquiera que
vaya a ser nuestra vida futura o nuestra profesión).
En este objetivo, como en muchos otros, la sociedad y los
maestros deben asumir el liderazgo. Los docentes son el vehículo de
capacitación de los alumnos. Existen muchos modelos y muchos ejemplos dentro de
nuestro país también de otras formas de transmitir conocimientos y
competencias. De hecho, cuando hablo de “nueva” educación lo pongo entre
comillas porque otros países llevan años utilizando otro enfoque y existen
numerosos pedagogos que ya en el siglo pasado proponían otros enfoques muy en
la línea de lo que hoy debatimos en España (como María
Montessori).
"La primera tarea de la educación es agitar la vida,
pero dejarla libre para que se desarrolle"
pero dejarla libre para que se desarrolle"
(María Montessori, 1870-1052)
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