martes, 6 de octubre de 2015

Dificultades del sistema educativo. Diganóstico y ¿solución?



“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.”
 Benjamin Franklin

Parece que al hablar de la situación de la educación en nuestro país casi todos coinciden en el diagnóstico. El sistema tradicional no ha conseguido los resultados que cabía esperar, y la caprichosa sociedad mientras tanto ha seguido cambiando en su forma de entender el mundo y comunicarse. Los informes PISA no han hecho más que ahondar en una realidad que ya habían denunciado educadores y familias. Los factores que han llevado a esta situación son muchos: una tradición educativa basada en el saber teórico, el carácter propedéutico y selectivo de la enseñanza (A. Zabala i L. Arnau, 2007), una sucesión de leyes que han llevado al desconcierto y la inestabilidad, un mercado laboral que distinguía entre profesionales y “obreros”. En definitiva, una educación para unas dinámicas que difícilmente se reproducen en la sociedad actual, mucho más acostumbrada a los cambios, expuesta a muchísima más información y con unas particularidades muy distintas que exigen al sistema educativo, por ejemplo, que atienda la diversidad que existe en el aula.

Pero, ¿cuál es la solución? Imagino que ninguna solución es milagrosa, pero si fijamos el objetivo en cuál debe ser hoy la finalidad de la enseñanza, estaremos dando pasos en la buena dirección. Como apunta Zabala en su libro “11 Ideas Clave. Cómo aprender y enseñar competencias”, la finalidad de la educación hoy pasa por educar en las competencias del alumno. Competencias orientadas a que el alumno adquiera los conocimientos académicos de un modo más funcional, a que desarrolle también otras habilidades que le puedan servir en su vida laboral y personal (como la capacidad de trabajar en equipo, ser proactivos, tener capacidad reflexiva, etc.) y, en última instancia, que contribuyan a una educación integral del alumno.


Aunque estoy segura de que ya hemos hecho parte del camino, seguro que queda mucho por avanzar. Recuerdo hace unos años, en una conversación con amigos de mi año Erasmus, dos de ellos preparaban las oposiciones al cuerpo diplomático; uno era canadiense y la otra chica, española. El chico canadiense nos explicó que en su examen, después de una primera prueba teórica con poco peso en la nota final, seguía una prueba de simulación que suponía un gran porcentaje de la nota final. En esa prueba debían trabajar en equipo y se les asignaban unos roles para que resolvieran una situación de conflicto internacional real. Para ello, obviamente, debían conocer todas las leyes del Derecho Internacional y los Derechos Humanos, pero también debían demostrar que podían hacer frente a aquella situación según el papel que les tocaba desempeñar y tomar decisiones acertadas en condiciones difíciles. Recuerdo que mi amiga española, que llevaba años estudiando para sus oposiciones y que había tenido que acabar antes dos carreras y no sé cuántas cosas más no podía creerlo. 

¿Y por qué cuento esa anécdota? Porque creo que el objetivo de la “nueva” educación es precisamente capacitar para la vida (cualquiera que vaya a ser nuestra vida futura o nuestra profesión).

En este objetivo, como en muchos otros, la sociedad y los maestros deben asumir el liderazgo. Los docentes son el vehículo de capacitación de los alumnos. Existen muchos modelos y muchos ejemplos dentro de nuestro país también de otras formas de transmitir conocimientos y competencias. De hecho, cuando hablo de “nueva” educación lo pongo entre comillas porque otros países llevan años utilizando otro enfoque y existen numerosos pedagogos que ya en el siglo pasado proponían otros enfoques muy en la línea de lo que hoy debatimos en España (como María Montessori).

"La primera tarea de la educación es agitar la vida, 
pero dejarla libre para que se desarrolle" 
(María Montessori, 1870-1052)


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