lunes, 26 de octubre de 2015

Enseñar a pensar


“El conocimiento no es algo separado que se baste a sí mismo, 
sino que está inmerso en un proceso por el cual la vida se sostiene”  
John Dewey

Una semana intensa, no solo en esta asignatura. Se me acumulan los trabajos en grupo para la próxima semana... Las horas de lectura y trabajo empiezan a hacer mella y a veces me cuesta concentrarme para escribir estas líneas. Yo tiendo al caos, de siempre, así que para conseguir redactar algo bien estructurado necesito dedicar muchas horas. Lo bueno es que funciono así desde hace tanto tiempo que ya he creado mi propio sistema para que no se note (Zabala diría que he aprendido a solucionar problemas complejos)... 

Me siento como una equilibrista en la cuerda floja, a un lado el Máster y al otro todo lo demás, intentando llegar al otro extremo sin caer en la red. Y en medio de esas sensaciones, cuando ya creía que no tenía nada que escribir, se me ocurrió ver una conferencia de Pere Alzina (El mestre competent) que teníamos colgada en moodle como material complementario. Menudo soplo de aire fresco. Justo lo que necesitaba para relativizar y abrir de nuevo la mente. "Es muy sencillo", dice, "tenemos que enseñar a los chicos y chicas a pensar". 

Ahora sí retomo mi lectura de 11 ideas clave. Cómo aprender y enseñar competencias (Zabala y Arnau; 2009) con más entusiasmo. La semana pasada ya había profundizado en la definición que el autor hace de "competencia" en el ámbito de la educación, pero no había entrado a valorar cómo contribuye un trabajo por competencias a la hora de afianzar el aprendizaje. Un aprendizaje será más significativo si además de comprender el concepto teórico somos capaces de aplicar con éxito lo aprendido en una situación real. Pero, si algo deja claro también Zabala es que "un aprendizaje será más o menos significativo según los factores y condiciones que intervienen en su aprendizaje". Esos factores serían, por ejemplo, los conocimientos previos que podamos tener, la capacidad para relacionar lo aprendido con lo conocido, la propia capacidad cognitiva para asimilar un aprendizaje, la disposición para aprender, etc. ¿No os recuerda esto a la teoría del aprendizaje significativo de Ausubel que vimos esta semana en "L'alumnat de secundària"?



Al margen de los factores anteriores que condicionan la significatividad, me interesa destacar los diferentes mecanismos que se activan para el aprendizaje por competencias: por ejemplo, el aprendizaje de los hechos requiere un componente memorístico que no tienen otros, mientras que para aprender los conceptos es necesario un mayor grado de reflexión. En el caso de los procedimientos, la reflexión y la práctica van de la mano, y para incorporar los conocimientos actitudinales es necesario hacer una valoración de los hechos y asumir una postura. Esto dibuja un mapa complejo de aprendizajes que en conjunto forman lo que Zabala y otros expertos denominan "aprendizaje significativo".
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¿Y cómo pasamos de la teoría a la práctica también nosotros? Pues bien, en ese ejercicio tan necesario (sobre todo para una novata como yo) de pasar de lo abstracto a lo real, me ha ayudado también Pere Alzina en su deliciosa conferencia. Él propone que nos planteemos las siguientes preguntas:


  • ¿Lo que estoy explicando se podría aplicar en un contexto real?
  • ¿Es funcional? ¿Sirve para resolver un problema y seguir planteando otras dudas?
  • ¿Es complejo? ¿Tiene muchas soluciones posibles y necesito conocimientos de diferentes tipos para poder entenderlo/resolverlo?
  • ¿Tiene un componente moral/ético? Es decir, no se presenta como una cosa neutra.
Con estas sencillas preguntas, Alzina nos presenta las dimensiones contextual, funcional, compleja e intencional de todo conocimiento en un trabajo por competencias.

El siguiente reto será que como docentes sepamos explicar esto al resto de la sociedad. Soy cada vez más consciente del potencial de la educación y de la enorme responsabilidad e influencia 
del papel del docente. Eso sí, harían bien las instituciones en tomar nota y seguir la estela.

jueves, 22 de octubre de 2015

Competencias y currículum. Cómo encajarlos.


"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos 
y el horizonte se corre diez pasos más allá. 
¿Entonces para que sirve la utopía? 
Para eso, sirve para caminar."
(Eduardo Galeano)

Una idea planea por encima de todas después de ver la conferencia de Antoni Zabala: la utopía. No está mal ponerse románticos hablando de educación. Además, parece una buena dirección para hacer camino, como dice Eduardo Galeano. Solo hay que tener cuidado de no quemar nuestras alas y acabar como Ícaro en esa búsqueda infinita de la utopía...

Pero mejor no me desvío del tema... Esta semana me ha costado más que antes escribir esta entrada. Hasta ahora, hemos hablado de temas (nueva educación, TICs, etc.) de los que, en mayor o menor medida, todos tenemos una opinión de partida, lo que los ingleses llamarían common talk. En cambio, esta semana introducimos conceptos como currículum y competencias, mucho más técnicos y específicos de educación. Sobre el currículum, como marco de trabajo formal, hemos hablado bastante en la asignatura de Diseño curricular, pero hoy me toca hablar de su vertiente más pragmática y de cómo encaja el currículum en una línea de enseñanza por competencias. Si me llegan a preguntar por esto hace tres semanas, me habría quedado totalmente en blanco, luego caminamos.

Para situarme, me ayudo de la definición que hacen Zabala y Arnau es su libro 11 ideas clave. Cómo aprender y enseñar competencias (2009), que elaboran después de un estudio detallado de definiciones previas del término, desde su origen aplicado al entorno laboral hasta su aplicación posterior en la educación. 
Imagen propia
Me ha interesado especialmente de la lectura de esta semana la explicación de Zabala sobre el falso debate entre teoría y práctica, si asumimos que las competencias serían la práctica y los objetivos del currículum la teoría. El autor habla de un "falso activismo" que ha contribuido (seguramente de forma inconsciente) a desvirtuar el concepto de pedagogía activa. Y me alivia leer algo en lo que estoy totalmente de acuerdo: "Sin conocimientos conceptuales sobre los que aplicar conocimientos es imposible que se aprendan significativamente" (Zabala i Arnau, 2009). Habla mucho del autor que entre a analizar los errores que se han podido cometer para confundir el análisis (como la contraposición frontal con el modelo expositivo anterior). Un ejemplo del rechazo que ha podido generar este "falso activismo" son los artículos de Gregorio Luri, que se posiciona claramente contra esa visión distorsionada de la nueva pedagogía.

Pero si dejamos atrás ese falso debate, y situamos los contenidos, los procedimientos, los hechos y las actitudes en el mismo nivel estaremos siendo más rigurosos y podremos analizar otros aspectos como la función del libro de texto (que yo adoraba cuando era estudiante, pero que no ofrece suficiente flexibilidad para una época en la que la realidad a veces atropella la información del libro de texto, ni ofrece una solución para la educación inclusiva) o estudiar la necesidad de adaptar el contenido del currículum, etc.
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Parece razonable pensar que el trabajo por competencias requiere mayor inversión de tiempo y la única respuesta posible es reducir el contenido del currículum. En palabras de Josep Oriol Escardíbul, de la Universitat de Barcelona, "si el currículo se adelgaza, queda tiempo para hacer cosas más útiles como el aprendizaje transversal y polivalente". Sin embargo, otros autores, como Felipe Zayas, matizan un poco esa necesidad e introducen la idea de que a veces detrás de esa denuncia de currículo recargado hay "una renuncia por parte del profesorado a interpretar, adecuar y concretar el currículum oficial".

Esta última idea me lleva a pensar que, además de analizar si el currículum es excesivo o no, deben centrarse esfuerzos en formar al profesorado para trabajar por competencias. Además, sería interesante saber en qué medida un buen clima de aula (propiciado en el trabajo por competencias) contribuye al aprovechamiento del tiempo. Y por último, un tema muy importante que estoy trabajando esta semana para otra asignatura, si queremos atender a la diversidad y ofrecer una educación inclusiva, necesitamos un currículum más flexible.


viernes, 16 de octubre de 2015

Mi aula, el mundo

“Technology can amplify great teaching, 
but great technology cannot replace poor teaching.”
OCDE (Students, Computers and Learning, Making the connection, 2015)

Después de tres semanas de clase, lecturas, debates con mis compañeros y reflexión, poco a poco las ideas preconcebidas van encontrando su espacio; algunas quedan descartadas y otras, incorporadas definitivamente pero con más razones, como el tema de esta semana. Incorporar las nuevas tecnologías al aula parece una necesidad si pensamos en el protagonismo que ya tienen en nuestra vida cotidiana y laboral. ¿Queréis echar un vistazo a mi escritorio en un día de trabajo normal?
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Como expliqué en mi presentación, trabajo en un proyecto de traducción multilingüe. Mi oficina es mi casa. Mis jefes están en China y EE.UU., y mis compañeros de trabajo en cuatro continentes distintos. La tecnología permite que me reúna con ellos cada mañana, trabajemos en el mismo documento simultáneamente, haga una presentación a un traductor en otro continente, etc. Todas esas posibilidades las tiene que aprovechar la escuela. De todo lo que he leído esta semana, hay una frase de G. Siemens (2010) que creo que resume muy bien este nuevo escenario: "las redes [yo hablaría de la tecnología en general] diluyen los muros del aula".

Pero no todo son ventajas... Como plantea Manuel Área en el vídeo que vimos esta semana, la nueva sociedad de la información, caracterizada por los avances tecnológicos, la abundancia de información y la globalización, tiene también una cara amarga que se traduce en brechas tecnológicas, saturación de información y uniformidad cultural. En relación con la saturación de información, esta semana he descubierto un nuevo término, acuñado por Alfons Cornella, que lo explica muy bien: "infoxicación".

Ante este escenario complejo, tenemos el reto de replantear nuestro rol como futuros docentes y conseguir que la balanza se incline del lado de las ventajas. La aportación de algunos autores como Manuel Área o Jordi Adell me ha ayudado a identificar el camino. Ellos hablan de multialfabetización y competencia digital como los objetivos del docente del siglo XXI. Aunque nuestros alumnos puedan conocer muy bien la tecnología, nosotros tenemos que ayudarles a usarla de manera crítica, selectiva y responsable. En esta línea,G. Siemens, concreta aún más las funciones que debería tener el nuevo docente:
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Para integrar de forma significativa la tecnología en nuestras clases, hemos descubierto esta semana el modelo
TPACK (conocimiento tecnológico, pedagógico y del contenido). El juego de círculos ilustra la combinación de los diferentes tipos de conocimientos que necesita el profesor y que se explican en este divertido vídeo que nos recomendó nuestra compañera Chus. También he visto otros vídeos que muestran formas dinámicas de poner en práctica este modelo y que me han descubierto muchas posibilidades. 
En resumen, este tema daría para muchas entradas y me deja con ganas de seguir investigando sobre temas que no conozco en profundidad, como la curación de contenidos, la ética del uso de las redes sociales y la identidad digital. En este curso, cada vez que abrimos una puerta aparecen muchas ventanas para seguir indagando, aprendiendo y mejorando.

martes, 6 de octubre de 2015

Dificultades del sistema educativo. Diganóstico y ¿solución?



“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.”
 Benjamin Franklin

Parece que al hablar de la situación de la educación en nuestro país casi todos coinciden en el diagnóstico. El sistema tradicional no ha conseguido los resultados que cabía esperar, y la caprichosa sociedad mientras tanto ha seguido cambiando en su forma de entender el mundo y comunicarse. Los informes PISA no han hecho más que ahondar en una realidad que ya habían denunciado educadores y familias. Los factores que han llevado a esta situación son muchos: una tradición educativa basada en el saber teórico, el carácter propedéutico y selectivo de la enseñanza (A. Zabala i L. Arnau, 2007), una sucesión de leyes que han llevado al desconcierto y la inestabilidad, un mercado laboral que distinguía entre profesionales y “obreros”. En definitiva, una educación para unas dinámicas que difícilmente se reproducen en la sociedad actual, mucho más acostumbrada a los cambios, expuesta a muchísima más información y con unas particularidades muy distintas que exigen al sistema educativo, por ejemplo, que atienda la diversidad que existe en el aula.

Pero, ¿cuál es la solución? Imagino que ninguna solución es milagrosa, pero si fijamos el objetivo en cuál debe ser hoy la finalidad de la enseñanza, estaremos dando pasos en la buena dirección. Como apunta Zabala en su libro “11 Ideas Clave. Cómo aprender y enseñar competencias”, la finalidad de la educación hoy pasa por educar en las competencias del alumno. Competencias orientadas a que el alumno adquiera los conocimientos académicos de un modo más funcional, a que desarrolle también otras habilidades que le puedan servir en su vida laboral y personal (como la capacidad de trabajar en equipo, ser proactivos, tener capacidad reflexiva, etc.) y, en última instancia, que contribuyan a una educación integral del alumno.


Aunque estoy segura de que ya hemos hecho parte del camino, seguro que queda mucho por avanzar. Recuerdo hace unos años, en una conversación con amigos de mi año Erasmus, dos de ellos preparaban las oposiciones al cuerpo diplomático; uno era canadiense y la otra chica, española. El chico canadiense nos explicó que en su examen, después de una primera prueba teórica con poco peso en la nota final, seguía una prueba de simulación que suponía un gran porcentaje de la nota final. En esa prueba debían trabajar en equipo y se les asignaban unos roles para que resolvieran una situación de conflicto internacional real. Para ello, obviamente, debían conocer todas las leyes del Derecho Internacional y los Derechos Humanos, pero también debían demostrar que podían hacer frente a aquella situación según el papel que les tocaba desempeñar y tomar decisiones acertadas en condiciones difíciles. Recuerdo que mi amiga española, que llevaba años estudiando para sus oposiciones y que había tenido que acabar antes dos carreras y no sé cuántas cosas más no podía creerlo. 

¿Y por qué cuento esa anécdota? Porque creo que el objetivo de la “nueva” educación es precisamente capacitar para la vida (cualquiera que vaya a ser nuestra vida futura o nuestra profesión).

En este objetivo, como en muchos otros, la sociedad y los maestros deben asumir el liderazgo. Los docentes son el vehículo de capacitación de los alumnos. Existen muchos modelos y muchos ejemplos dentro de nuestro país también de otras formas de transmitir conocimientos y competencias. De hecho, cuando hablo de “nueva” educación lo pongo entre comillas porque otros países llevan años utilizando otro enfoque y existen numerosos pedagogos que ya en el siglo pasado proponían otros enfoques muy en la línea de lo que hoy debatimos en España (como María Montessori).

"La primera tarea de la educación es agitar la vida, 
pero dejarla libre para que se desarrolle" 
(María Montessori, 1870-1052)